Felipe V de España

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Felipe V fue rey de España, primero de la dinastía francesa de los Borbones, cuyo ascenso al trono en el inicio del siglo XVIII abre un nuevo período histórico caracterizado por la uniformización administrativa del Estado, que adoptó el modelo centralista francés, y la reorganización de la corte y del sistema financiero, hechas asimismo de acuerdo con el modelo de referencia galo.

Datos sobre Felipe V

1683 Nace en Versalles.
1700 Proclamación de Felipe V como rey de España.
1701 Boda con María Luisa Gabriela de Saboya.
1714 Muerte de su primera esposa. Segundas nupcias con Isabel Farnesio
1724 Segundo reinado, tras la defunción de su hijo Luis I.
1746 Fallece en Madrid.

Antecedentes al reinado

En los últimos años del reinado de Carlos II, España ofrecía un patético espectáculo de degradación. La caída del conde de Oropesa cuya actuación como primer ministro entre 1685 y 1691 había constituido el único paréntesis esperanzador en la lenta agonía de Castilla, acrecentó el dramático cuadro de desgobierno e hizo patente la urgencia de un cambio que atenuara la situación. Se recurrió entonces al «divide y reinarás», fraccionando la península en tres grandes regiones administrativas; pero el singular experimento -ni más ni menos que una partición feudal entre tres señores rivales—, impuesto a un Estado que ya poseía la más rígida y complicada estructura burocrática, sólo consiguió provocar una nueva serie de conflictos de jurisdicción. En el plano internacional, la desastrosa guerra contra Francia, que se prolongó desde 1689 a 1697, había llegado a hacerse insostenible. Acabó en septiembre de ese año mediante el Tratado de Ryswick, gracias a la estrategia de Luis XIV, pues su objetivo final era asegurar para los Borbones a herencia de una España indivisa, y para lograrlo creyó más prudente la diplomacia que las armas. El problema de la sucesión era realidad, el más apremiante de cuantos acuciaban a Carlos II. Su matrimonio con María Luisa de Orleans, muerta en 1689, había sido estéril; pronto fue evidente que con su segunda esposa, María Ana de Neoburgo, tampoco daría frutos. Este hecho precipitó el final del ya agonizante monarca. Desequilibrado y afectado por ataques epilépticos, se convirtió en presa fácil de cortesanos, representantes eclesiásticos y diplomáticos extranjeros que lo convencieron de que era víctima de un hechizo. La corte se vio invadida de monjas visionarias, confesores y exorcistas que utilizaron todos los métodos conocidos por la Iglesia para extirpar el espíritu maligno. Desde entonces, el rey español sería Carlos II el hechizado, el último de los Austrias en ocupar e trono de la península. En su lecho de muerte, después de muchas negociaciones e intrigas a sus espaldas, el 2 de octubre de 1700 nombraba sucesor de todos sus dominios al duque de Anjou. Nada pudo hacerle revocar su decisión en los treinta días que aún duró su vida: el Hechizado se mantuvo firme hasta el último aliento, con una dignidad y una entereza que nunca había mostrado en vida aquel ser desgraciado y deforme. El Rey Sol, pues, se había salido con la suya: el trono de España sería para su nieto el duque Felipe de Anjou.

El primer reinado del primer Borbón

Segundo hijo del gran delfín Luis y de la princesa María Ana Cristina de Baviera, nieto, pues, de Luis XIV y biznieto de Felipe IV de España, Felipe V nació el 19 de diciembre de 1683 en Versalles. Por parte de su padre era un borbón, y, a juzgar por uno de sus primeros retratos pintado por Joseph Vivien, ya acusaba en su adolescencia los rasgos físicos característicos de la familia; también, como casi todos ellos, padecía de un exagerado apetito sexual. Su madre era una Wittelsbach. De ella heredó una especie de melancolía anquilosante que se manifestaba por largos períodos de reclusión y abandono, y que con el tiempo lo llevaría a una acentuada demencia.

Felipe V de España
Felipe V de España

Proclamación de Felipe V

Cuando el 16 de noviembre de 1700 Luis XIV convocó a la corte en el palacio de Versalles para anunciar al nuevo soberano, Felipe de Anjou no había cumplido aún los diecisiete años. Según ciertas crónicas, recibió la noticia complacido y bromeó alegremente con sus hermanos, los duques de Borgoña y de Berry, acerca de su inminente reinado. Pero Rey Sol, que en las grandes ocasiones solía desplegar la mayor solemnidad, prosiguió su discurso ceremoniosamente. Por último, volviéndose hacia su nieto, le recomendó: «Sé un buen español, pero no olvides nunca que has nacido en Francia». De este modo, dos siglos después de que un representante de la casa de Borbón -el sexto hijo de san Luis Roberto de Clermont— subiera por primera vez al trono francés, el duque de Anjou se convertía en el primer Borbón que reinaría en España. Y lo haría, al menos en la primera fase de su prolongado mandato, siguiendo el consejo de su abuelo y bajo su supervisión.
El nuevo rey fue proclamado como Felipe V el 24 de noviembre, reconocido como monarca legítimo por las potencias europeas salvo Austria, ya que el archiduque Carlos se consideraba el heredero con más derechos y también pretendía el trono.

Llegada a España

A fines de enero de 1701 Felipe V partió hacia España y ya nunca volvería a pisar suelo francés. En febrero entró en Irún y en abril llegó a Madrid. El 8 de mayo juró su alta investidura en los Jerónimos ante las castellanas y el pueblo acogió esperanzado al joven monarca, cuyo aspecto agradable y su porte elegante se imponían fácilmente a la deforme figura de su antecesor. Incluso disculpó que no hablara una sola palabra de español, algo que apenas unas décadas antes, cuando aún era la lengua noble en todas partes, habría sido inadmisible. Como primera muestra de ese agrado, se lo invitó a presenciar un auto de fe, pero el rey rehusó horrorizado. Provenía de una corte que, en contraposición a la española, rezumaba refinamiento y era, también, más risueña. La vieja distinción de la corte castellana, ajena al gusto suntuoso de Luis XIV, se revelaba, a ojos del joven Felipe V, como una aburrida pacatería que confundía seriedad con virtud e intriga con diversión. Implantar lo francés era casi más sencillo que adaptarse, y de acuerdo a ello obraría los primeros quince años de su reinado asistido por una compacta «embajada» de diplomáticos, militares, aristócratas y comerciantes enviada por Luis XIV, a cuya cabeza destacaba la célebre princesa de los Ursinos.

La triple alianza por la corona española

María Luisa Gabriela de Saboya
María Luisa Gabriela de Saboya
Los nobles españoles comenzaron a indignarse al ver el país gobernado por una camarilla que seguía instrucciones de Versalles, y la simpatía inicial no tardó en transformarse en recelo. Los catalanes fueron pioneros en evidenciar esa animadversión: cuando a mediados de 1701 Felipe V se dirigía a Figueras para casarse con María Luisa Gabriela de Saboya, presidió en Barcelona una sesión de las cortes en la que concedió demasiados privilegios. Tal magnanimidad creó susceptibilidades; de otra parte, el recuerdo de la reciente guerra con Francia y la política absolutista y centralizadora del Rey Sol cimentaron el escepticismo catalán. En cuanto a las potencias europeas, pronto se sumaron a Austria en su lucha por el trono y en septiembre del mismo año se formó la Triple Alianza con Inglaterra y Holanda, a la que luego se unieron Saboya —pese a que el duque saboyano era el suegro de Felipe V— y Portugal. Una formidable coalición para luchar contra Luis XIV y su único aliado: España. Todo lo cual no habría de depararle al primer Borbón un gobierno fácil, ni mucho menos pacífico.
Si bien las luchas empezaron en las posesiones hispanas, pronto se extendieron por distintos frentes a la península, inaugurando la guerra de Sucesión. En 1702, Felipe V quiso defender en persona los dominios españoles y marchó a Italia, consiguiendo sendos triunfos en Santa Vittoria y Luzzara. Fue durante ese primer alejamiento de su esposa que sus crisis depresivas comenzaron a agudizarse. Su natural propensión, sumada a la abstinencia sexual —el horror al pecado le impedía la práctica extramatrimonial—, le produjo un desasosiego tal que creía estar a punto de morir. Aun así, el rey de España logró algunas victorias, la más importante de ellas la de Almansa en 1707, sobre las fuerzas angloportuguesas que el año anterior habían tomado Madrid, hecho que al abúlico Felipe V le valió el mote del Animoso.

Fin de la guerra por la corona española

Pero la guerra sólo comenzaría a ver fin a partir de 1711, cuando a la muerte del emperador José I de Alemania, su hermano, el archiduque Carlos, se hizo con el trono imperial. Los países aliados, que hasta entonces habían combatido para impedir el engrandecimiento de Francia, se desinteresaron de una contienda que en adelante conduciría sólo al engrandecimiento de Austria. Los últimos suspiros de la guerra de Sucesión se circunscribieron a Barcelona, Mallorca e Ibiza, que demoraron su capitulación hasta 1715. Para aplastar Cataluña, Felipe V firmó el tratado de paz impuesto por sus enemigos, desmembrando así las importantes posesiones hispánicas en Europa. A la casa de Austria se le concedió Flandes, el Milanesado, Nápoles y los presidios de Toscana y Cerdeña; a la casa de Saboya, Sicilia; a Portugal, la colonia de Sacramento; y a Inglaterra, Gibraltar y Menorca. A este respecto los tratados de Utrecht y de Rastadt —de 1713 y 1714, respectivamente— fueron determinantes. La guerra propició también una serie de cambios en la estructuración del Estado, con el establecimiento de las secretarías, de las que surgirían los futuros ministerios; y en la administración, con la creación de los intendentes, en 1711, y la adopción de la ley Sálica, que excluía a las mujeres en la sucesión al trono y en el reparto de tierras. Estas transformaciones culminaron con la abolición del régimen autónomo de los reinos de la Corona de Aragón, asimilados en su mayoría a Castilla. Si bien su primer reinado se prolongó todavía diez años más, el término de estos tres lustros iniciales marcó el final de un período definido de su gobierno.

Armas de mujer

Del matrimonio de Felipe V con María Luisa nacieron cuatro hijos: Luis, Felipe —quien falleció a poco de nacer—, Felipe Pedro y Fernando. Dos de ellos —el primero y el ultimo- sucederían a su padre en el trono. Muy joven aun -se había casado a los catorce años—, la reina murió el 14 de febrero de 1714, coincidiendo con los estertores de la guerra de Sucesión.
Las particularidades sexuales y psicológicas de Felipe V eran tan bien conocidas en los circuitos diplomáticos que, tan pronto como murió su primera esposa, las cancillerías europeas se apresuraron a buscarle una segunda. Al principio corrió el rumor de que la sucesora sería la princesa de los Ursinos, y cuando el rey se retiró al palacio del duque de Medinaceli a guardar luto, se llegó a decir que ella se instaló en un monasterio cercano dotado de un pasadizo subterráneo que comunicaba con la finca, pero la princesa era más de medio siglo mayor que el rey y entonces contaba setenta y dos años, Comoquiera que haya sido, la mujer que tanto había influido en su gobierno pensó que podría seguir ejerciendo ese dominio de un modo menos expuesto si el rey se casaba con una joven dócil e inexperta. Por ello accedió a la sugerencia del conde Alberoni, delegado del duque de Parma en Madrid, de arreglar un enlace con la hija de su señor, Isabel Farnesio, quien, según el conde, reunía esas características. La princesa no sospechaba que en Alberoni tenía un rival, y convencida de perpetuar su poder, contribuyó a que la boda se efectuara de inmediato. Así pues, el 16 de septiembre de 1714 se celebraron los esponsales por poderes en Parma e Isabel Farnesio se puso en camino hacia Madrid.
La nueva reina era, a sus veintiún años, una decidida mujer de carácter. Ésto quedó en evidencia nada más llegar, cuando aun antes de ser presentada a su esposo, hizo echar —y más tarde arrestar— a la princesa de los Ursinos. El rey tomó partido por su esposa iniciando con ello una nueva etapa de su reinado. A partir de ese momento España se emancipaba de la influencia francesa — otra parte, Luis XIV moriría un año después— y, a través de Isabel, encauzaba su actuación por canales italianos. En los asuntos extranjeros, Felipe V siempre se dejó llevar por las mujeres de su reino, y a partir de 1715 la corte madrileña orientó sus designios en los intereses dinásticos inmediatos de Isabel.
Esta ambiciosa mujer deseaba asegurar a sus hijos —ya que los herederos a la corona española eran sus hijastros— los ducados y reinos italianos perdidos por el Tratado de Útrecht. Una empresa difícil y sobre todo ajena ya a los intereses de la península. No obstante, la reina lograría su objetivo y con creces- su primogénito Carlos sería rey de Nápoles y de las Dos Sicilias; Felipe, duque de Parma y Plasencia; Luis Antonio, arzobispo de Toledo; María Teresa, reina de Francia, y María Victoria, rema de Portugal. Sólo María Antonia iba a quedar soltera. Francisco, su segundo hijo había muerto en 1717, a las pocas semanas de nacer.

Isabel de Farnesio
Isabel de Farnesio

Abdicación de Felipe V

Felipe V abdicó el 10 de enero de 1724 en favor de su hijo Luis I, aduciendo su deseo de recluirse en el palacio de San Ildefonso -que había hecho construir a imagen del de Versalles para meditar acerca de su salvación eterna y vivir como un asceta. Cabe la conjetura de que ese pretexto fuera la razón pública de otra más íntima: la de hacerse con la corona francesa. Muerto el duque de Orleans y a punto de fallecer sin descendencia el joven Luis XV, sólo restaba esperar su deceso. Pero el que murió fue su propio hijo Luis, de viruela, y Felipe V, contra su voluntad, volvió a ocupar el trono el mismo año de su abdicación. Fue al comenzar su segundo reinado cuando sus síntomas psicóticos se intensificaron. Al principio, su proclividad a la abulia se hizo evidente; más tarde sus extravagancias fueron la comidilla de todo el mundo. Aun así, reinó otros veinte años durmiendo durante el día y atendiendo por la noche los asuntos de gobierno. Obligando a la corte a secundar su demencia, organizaba cacerías a las dos de la madrugada y pretendía montar los caballos de los tapices de palacio. Resulta claro, pues, que fue la reina la que en verdad gobernó durante este período caracterizado por una política tendente sobre todo a lograr y luego afianzar la posición de sus hijos. Así lo prueban el Tratado de Sevilla de 1729 y los pactos de familia firmados con Francia en 1733 y 1743. Gracias a ellos, aprovechando primero la guerra de sucesión polaca, y después la austríaca, sus hijos accedieron a los tronos italianos.
Felipe V falleció repentinamente el 9 de julio de 1746, tras un ataque de apoplejía. Dejó de existir en brazos de su mujer, en el palacio del Buen Retiro, sin auxilio religioso. Su cadáver fue llevado por disposición testamentaria al real sitio de San Ildefonso. Le sucedería su hijo Fernando VI.

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