Diego Velázquez

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Diego Rodríguez de Silva y Velázquez nació en 1599, el domingo 6 de junio de 1599 fue bautizado, por el licenciado Gregorio de Salazar — cura de la iglesia de San Pedro, de Sevilla — un niño, nacido en la misma ciudad ocho o nueve días antes, al que puso el nombre de Diego. El niño era hijo de Juan Rodrigues de Silva, de ascendencia lusitana, y de doña Jerónima Velázquez, de familia hidalga. Actuó de compadre Pablo Ojeda, vecino de la collación de la Magdalena, a quien rutinariamente se le advirtió el parentesco espiritual que adquiría. Pablo Ojeda en aquella ocasión echó la casa por la ventana, convidando a tortas de San Juan de Alfarache y a vinillo claro de las candiotas de Dos Hermanas. Y pagó cuatro repiques de campanas a un sacristán ladino y berridos — alusivos a la larga salud del padrino — a unas docenas de chiquillos sucios y harapientos, echándoles monedas pobres a la rebatiña.

Educación

Francisco Pacheco
Francisco Pacheco
Con admirable afición al dibujo, que boquiabría a parientes y extraños, Diego fue enviado al taller del malhumorado y bilioso Francisco de Herrera, muy aficionado a repartir capones y tortazos tremendos entre sus aprendices. Para evitarse el primero de los cuales, el serio niño Dieguito pidió a sus padres le llevaran a otro taller. Que fue el de don Francisco Pacheco, al que ya acudía Velázquez en 1610. Pacheco no fue un gran pintor, pero sí un extraordinario maestro y una gran persona, y pronto adivinó el formidable talento de su nuevo discípulo, a quien enseñó cuanto él sabía, pero sin forzar sus gustos ni sus cualidades. En 1617, tras unos ejercicios realizados ante Pacheco y otro pintor llamado Juan de Uceda, Velázquez recibió el título de «maestro». Un año después contraía matrimonio con Juana Pacheco, hija de su maestro, mujer no guapa ni excesivamente inteligente, pero llena de abnegación y de amor para su esposo. Como, pasados algunos años, se le dijera a Pacheco que estaría muy orgulloso de ser suegro de aquel genio, contestó con sencillo orgullo «que más honra tenía de haber sido su maestro». Pero leamos cuanto escribió Pacheco de tales sucesos: «Después de cinco años de educación y enseñanza le casé con mi hija, movido de su virtud, limpieza y buenas partes, y de las esperanzas de su natural y grande ingenio. Y porque es mayor la honra de maestro que la de suegro, ha sido justo estorbar el atrevimiento de alguno que se quiere atribuir esta gloria, quitándome la corona de mis postreros años. No tengo por mengua aventajase el discípulo al maestro — habiendo dicho la verdad que no es mayor—, ni perdió Leonardo de Vinci en tener á Rafael por discípulo, ni Jorge de Castellfranco a Tiziano, ni Platón a Aristóteles, pues no le quitó el nombre de divino».

Llegada a la corte del rey

De aquellos primeros años de aprendizaje de Velázquez se conservan algunas obras deliciosas: Una vieja friendo huevos, Vendimiador, Aguador sevillano, y composiciones religiosas sometiéndose a la dulzonería beatona y boba de entonces: la Virgen entregando la casulla a San Ildefonso, Adoración de los Reyes, una Concepción… Pero el artista Velázquez «se ahoga» en el ambiente sevillano. Pacheco se da cuenta cabal de ello y le anima para que se traslade a Madrid. Así lo hace el pintor; pero en esta primera estancia en la Villa y Corte no logró nada de cuanto él deseaba. En 1622 está de regreso en Sevilla. Un año después se encuentra de nuevo en la capital de España. Trae buenas cartas de recomendación para un Guzmán sevillano, don Gaspar, conde-duque de Olivares, dueño absoluto de la voluntad del nuevo rey, Felipe IV, quien es, además de un simpático botarate coronado, un muy buen aficionado a las artes. Olivares consigue una gran oportunidad para su paisano artista: que pinte un retrato al rey. Y éste se queda tan asombrado de la obra que inmediatamente le designa como su retratista «con exclusiva». Esta designación le obliga a vivir en el Palacio Real y a retratar a cuantas personas rodean diariamente al monarca: reina, príncipes, Olivares, nobles… De estos primeros años de su cargo oficial y palaciego son sus retratos de Olivares —en la Hispanic Society de Nueva York, y el mejor que jamás se le hizo al ministro y valido omnipotente —; el del Infante don Carlos, hermano de Felipe IV; el primer retrato ecuestre de Felipe IV, que pasmó a cuantos lo contemplaron y que ardió en el incendio del Alcázar en 1734.

Velázquez en Italia

Diego Velázquez
Diego Velázquez
Año importante para Velázquez fue el de 1627. Felipe IV quiso perdurar una decisión de su buen padre don Felipe III: la expulsión de los moriscos. Y abrió un certamen en el que compitieron Velázquez, Carducho, Caxés y Nardi. Naturalmente, el ganador fue Velázquez, y aun cuando se atrajo la enemistad de los vencidos, fue nombrado Ujier de Cámara y se le dio habitación amplia en el Alcázar para que pudiera convertirla en taller. Los primeros ejercicios realizados en este taller fueron, probablemente, El Geógrafo, del Museo de Rouen, El Calabacillas, de la Colección Cook, Los borrachos, su primer cuadro grande con tema mitológico. Nueva estupenda oportunidad para el artista en el año 1628. Por segunda vez llega a Madrid Rubens, el famoso maestro flamenco, en misión diplomática que le han confiado los archiduques regentes Isabel Clara — la hija dilecta de don Felipe II — y Alberto. Y es Rubens — que ha colaborado antes en algunos dibujos con Velázquez— quien le anima a trasladarse a Italia, añadiéndole que este viaje moroso le es imprescindible para completar y depurar su arte. Diego ruega insistentemente para que se le deje ir a Italia, y lo consigue el 26 de junio de 1629. Embarca en Barcelona y desembarca en Génova. En Italia visita Verona, Venecia, Ferrara, Bolonia, Loreto, Roma y Nápoles. Casi no pinta durante esta peregrinación que le tiene abiertos los ojos y las entendederas como en una magia. No obstante, según la moderna crítica, durante este viaje Velázquez pinta algún retrato y dos grandes cuadros: La túnica de José, de El Escorial, y La fragua de Vulcano, del Prado.

Vuelta de Velazquez a la corte

Pero Diego de Velazquez es reclamado urgentemente por el rey y por el favorito, Diego de Velazquez se ve obligado a renunciar a sus sueños, a regresar a España, a encerrarse en el Alcázar para iniciar una labor constante, depurada, inquieta. Porque su cargo de pintor de cámara le va a exigir un esfuerzo mayor. Y para prepararse a la gran labor empieza por pintar tres de sus famosos cuadros religiosos: el Cristo después de la flagelación, de la National Gallery, de Londres; el Cristo Crucificado, para las monjas del convento madrileño de San Plácido, y el Santo Tomás de Aquino confortado por los ángeles, de la catedral de Orihuela. La gran tarea de Velázquez se inicia con el encargo que se le hace de la decoración pictórica del Salón de Reinos en el Palacio del Buen Retiro, acabadito de inaugurar, como apoteosis que el conde-duque de Olivares ofrece a su rey. Para este Salón pintó Velázquez La rendición de Breda, los bellísimos retratos ecuestres de Felipe IV y del encantador principito Baltasar Carlos ante los fondos maravillosos —azulencos y melancólicos— del Guadarrama nevado. La Maliciosa en el segundo de los retratos. Con tan importantes encargos entreveró el genial artista otros muchos: más retratos de Felipe IV; el retrato del ballestero del rey Juan Mateos; los retratos de la familia Ipeñarrieta; el prodigioso retrato de Pablillos de Valladolid; el conde-duque, del Ermitage; el príncipe Baltasar Carlos, de Viena; San Antonio y San Pablo, ermitaños. El pintor acompañó a su monarca en la llamada campaña de Aragón — 1644—, y durante ella realizó uno de los mejores retratos del monarca: el que tiene la bengala en la mano, sinfonía maravillosa en rojos y plata, conservado en la Colección Frick, de Nueva York. De nuevo encerrado en el Alcázar de Madrid, multiplica sus obras: el conde-duque de Benavente, el cardenal Borja, La dama del abanico; las impresionantes y humanísimas pinturas con los retratos de los locos y bufones de la corte del rey: don Sebastián de Morra, el Primo, el Niño de Vallecas, El Bobo de Coria; el Esopo y el Menipo, portentosas figuras cuya humanidad miserable y enternecedora queda humorísticamente — que quiere decir: melancólicamente— semicubierta por el simbolismo de una tipología clásica.

Felipe IV de España
Felipe IV de España

Velázquez el favorito de la corte

En 1634 se le casó a Velázquez la única hija que le vivía con su discípulo dilecto Juan Bautista del Mazo. Matrimonio sesudo y de afectos familiares tranquilos. Ella era morena y muy honesta. El, pausado y severo, tímido y adorador incondicional de su maestro y suegro. En Mazo renunció Velázquez su oficio de Ujier de Cámara, autorizado por Felipe IV. En 1642 acompaña el genial pintor al monarca cuando éste se dirige a Cataluña para reprimir una sublevación. No pasan los dos de Zaragoza. El Conde-Duque deseaba que Felipe IV no asistiese a la campaña y que se entretuviese viendo jugar a la pelota, y paseando por la ciudad del Ebro, dos veces al día, con su séquito de doce cochazos barrocos y cuatrocientos soldados marchosos y uniformados «de postín». Mientras, Velázquez y Mazo pintaban la deliciosa Vista de Zaragoza. Nada le afectó a Velázquez la estrepitosa caída del favorito conde-duque de Olivares, quien hubo de retirarse a Loeches —1643—, pues aunque fue Olivares quien le introdujo en Palacio, ya Velázquez era no sólo muy querido, sino indispensable para el monarca, sus familiares, los nobles. Todos le estimaban sinceramente. La seductora personalidad del artista, su dignidad y su nobleza se habían impuesto en todos los medios sociales, y era en verdad no un servidor palatino, sino un palatino «a secas». Ortega y Gasset escribe: «Velázquez es un gentilhombre que de cuando en cuando da unas pinceladas… Temperamento flemático, taciturno, reflexivo y bondadoso, hombre sin hiel y sin vanidad que elaboraba con lentitud sus pinturas y, exigiéndose mucho a sí mismo, las enmendaba y corregía, dejando pasar la vida con el aplomo sereno de quien no tiene prisa ni ambición, conociendo en torno a la corte un mundo complicado y pintoresco del que supo extraer, como de incomparable cantera, las luces de humanidad que reflejan los personajes de sus lienzos».

Viaje en busca de obras

Nuevos viajes en 1644. Los empleos que desempeña en palacio le imponen al pintor tales andanzas. Los franceses habían sitiado Lérida. Felipe IV, vestido de soldado, vestido de soldado amarillo y rojo, haciendo de tripas corazón, tomó parte en la batalla dada para levantar el cerco desde lugares de alguna exposición y cuidando de las corvetas de su caballo roano y del aire de las plumas de su sombrero. Y hasta, teniendo las riendas con la mano zurda, extendió su brazo derecho, su mano y su índice para señalar por donde había de atacarse. Actitud muy imperiosa y decorativa que siempre sorprendió él en casi todos los grandes capitanes inmortalizados por los pinceles. En Lérida entró triunfante Felipe IV. Y si hemos de creer a un excelente crítico: «con traje ante, bordado de plata y oro, banda roja bordada en oro y sombrero blanco de nácar». Con tal atuendo, ya preparado para la apoteosis, días antes del triunfo, y cuando ignoraba aún si triunfaría, eso sí: triunfante su anhelo, en Fraga y en un estudio habilitado dentro de un caserón con portada heráldica y venida a menos, en poco más de tres días le retrató Velázquez para enviar a Madrid un testimonio del heroísmo del rey poeta.

Segundo viaje a Italia

Hasta 1634 fue Velázquez Ujier. Hasta 1643, Ayudante de Guardarropa. Ayuda de Cámara hasta 1648. En este año fue nombrado veedor de las obras que se ejecutaban en la torre vieja del Alcázar para fabricar una gran pieza ochavada. En sus Discursos practicables, Jusepe Martínez cuenta lo que sigue: «Propúsole Su Magestad a Velázquez que deseaba hacer una galería de pinturas, y que para esto que buscase maestros pintores para escoger de ellos los mejores, a lo cual respondió: “Vuestra Majestad no ha de tener cuadros que cada hombre puede tener”. Replicó Su Magestad: “¿Cómo ha de ser esto?” Respondió Velázquez: “Yo me atrevo, señor, si Vuestra Magestad me da licencia, ir a Roma y a Venecia a buscar y feriar los mejores cuadros que se hallan de Tiziano, Pablo Veronés, Basán, de Rafael de Urbino, del Palmesano y de otros semejantes, que de estas tales pinturas hay pocos príncipes que las tengan, y en tanta cantidad como Vuestra Magestad tendrá con la diligencia que yo haré; y más que será necesario adornar las piezas bajas con estatuas antiguas, y las que no se pudieren haber se vaciarán y traerán las hembras a España para vaciarlas después aquí con todo cumplimiento”». Y Felipe IV le dio licencia para volver a Italia con todas las comodidades y crédito. Velázquez salió de Madrid el 16 de noviembre, y de Málaga el 21 de enero de 1649. La travesía no fue muy feliz. Al genial pintor le acompañaba su leal servidor y notable pintor Juan de Pareja, a quien retrató, «para hacer pinceles», en una de sus mejores obras.

Retrato de Inocencio X

Visitó Milán, Padua, Bolonia, Florencia, Módena, Parma, Roma, Nápoles. Y aun cuando era el suyo un viaje de negocios, no le quedó otro remedio que pintar muchos retratos, de los cuales se han perdido varios, entre ellos el de Olimpia Maidalchini, intrigante y poderosa cuñada del Pontífice Inocencio X. Naturalmente, el cuadro más famoso que pintó Velázquez en Roma fue el del Papa Juan Bautista Pamphili, y que es uno de los más extraordinarios retratos de la pintura universal, y, según el gran pintor inglés Reynolds «el lienzo más hermoso que guarda Roma». Inocencio X y la corte vaticana quedaron estupefactos. Aquél regaló al artista una gruesa cadena de oro de la que pendía una enorme medalla del mismo metal con la efigie papal. En seguida hubo de acceder el genial artista a pintar otros retratos. El ya mencionado de Olimpia Maidalchini, el de la pintora Flaminia Triumphi, el del cardenal Pamphili, los de Fernando Brandano, Camilo Máximo, Jerónimo Vibaldo, Abad Hipólito, Micaelo Angeli.

Papa Inocencio X
Papa Inocencio X

Llamada del rey Felipe IV

Velázquez permaneció en Italia dos años y medio. En ella debía encontrarse «como el pez en su elemento»: triunfante, agasajado, en un ambiente sin mojigaterías y propicio a las más sorprendentes libertades. ¿Cuántas cartas le envió Felipe IV, por muy distintos mensajeros y todos ellos de «mucho lujo», pidiéndole regresara con urgencia? Precisamente en tales cartas se desmiente la afirmación de que Velázquez sólo fuera un servidor más del soberano, un criado un poco distinguido en el palacio. Son las cartas no de un rey despótico a su siervo, sino de un rey amigo indulgente que admira y necesita a su pintor. Felipe IV escribe al duque del Infantado: «… que me deis cuenta de lo que iba obrando Velázquez… y pues conocéis su flema, es bien que procuréis no la ejercite…; envío a mandar al conde de Oñate le asista con el dinero que le hubiere dejado de enviar, según lo que necesitare, porque no tenga ni pretexto ni excusa para diferir el viaje…; que no lo haga por tierra (el viaje), por lo que en él se podría entretener, y más con su natural…». Cuando le tuvo a su lado, ni la menor recriminación. Sólo plácemes y abrazos.

Evolución en la pintura de Velázquez

A su vuelta de Italia le esperaban los apremios de nuevos retratos de don Felipe, de su segunda esposa doña Mariana de Austria, de la infanta Margarita acabada de nacer. Por cierto que, a consecuencia de este natalicio, hubo en Madrid grandes festejos, y percibió Velázquez 33.337 reales que se le adeudaban. También fue nombrado Aposentador de Palacio, cargo éste que, a sentir del propio agraciado, le venía «tan ajustado a su genio y ocupación». Prueba indubitable del gran afecto en que le tenía el rey, ya que como tal aposentador le habría de acompañar en cuantos viajes hiciera, preparando sus jornadas y sus alojamientos.
A pesar de que las obligaciones palatinas se multiplicaron, Velázquez sacó tiempo largo al tiempo corto para pintar más.Y como afirma el crítico Lafuente Ferrari: «Su pintura se hace cada vez más fluida, menos plástica; se pierde toda precisión de líneas en las formas, que son representadas en función de la luz, de la luz concreta y determinada, vista en un cierto espacio y en un cierto momento; captar la luz y traducirla en puros valores de mancha y de color, es ahora su principal objeto, y es esta luz, señora de las formas, lo que Velázquez, con una pincelada suelta, sensible, desentendida de las líneas, va salvando sobre el lienzo… Pincelada y valores, como vehículos de la luz, pueden llevar en sí, en la síntesis genial de Velázquez, todo lo que había constituido hasta ahora la escolástica armazón que servía de soporte al arte de pintar: dibujo, línea, arabesco, perspectiva lineal, traducción geométrica del espacio y de la forma. Todo se ha eliminado, sintetizándose embebido en el leve grumo de semilíquido color que Velázquez pone en su toque sobre el lienzo. Esta es la genial operación con que el genial pintor sevillano alcanza una meta no superada en el proceso de la pintura occidental, como hoy unánimemente se reconoce». Este milagro alcanzado por la pintura velazqueña ya está patente en los deliciosos y asombrosos paisajes de la Villa Médicis, pintados en Roma, y que son un resumen perfecto y seductor, inolvidable, de la melancolía romántica y de la visión impresionista. La luz, el aire, la fluida pincelada sustituyendo con ventaja a la precisión del dibujó, pues que se busca la impresión del conjunto, y no de cada una de las partes.

Creación de las grandes obras de Velázquez

En estos años Velázquez pintó varios retratos de la Infanta María Teresa, pues careciendo don Felipe de heredero varón convenía que la infanta hiciera un buen matrimonio diplomático, por lo cual su retrato había de ser enviado a las cortes de Europa, en busca de príncipe soltero. La infanta era bella y dulce, cualidades heredadas no de los Austria, sino de su bellísima y suave madre doña Isabel de Borbón. También hubo de retratar a la nueva reina, doña Mariana, y a los hijos de este nuevo matrimonio real: el príncipe Felipe Próspero, la infanta Margarita —llena de gracia/rubia y ojizarca—, siempre pintada envuelta en platas y rosas… Pero son tres las pinturas inigualables, portentosas, de Velázquez, en estos últimos años de su vida: La Venus del espejo, Las Meninas y Las hilanderas.

La venus en el espejo

La Venus es uno de los escasísimos desnudos de la pintura clásica española. Se dice que le sirvió de modelo una actriz bella y escandalosa llamada Damiana, querida durante mucho tiempo del alocado marqués de Heliche. Ubicado hoy en la National Gallery de Londres.

Las hilanderas

Atmósfera y color. Son éstos los encantos principales de Las hilanderas, escena tomada por Velázquez en la Fábrica de Tapices de la calle de Santa Isabel, de Madrid. Ortega y Gasset fue quien primero afirmó la mitología de este cuadro: la fábula de Palas y Aracne, relegada al fondo del tapiz, y también, en primer término, las tejedoras que simbolizan las Parcas, hilanderas de cada una de nuestras vidas.

Las meninas

Y tal vez la única que la exceda por completo sea Las Meninas. Un rosario de quince dieces de alabanzas canónicas para ser rezadas con voz alta y en alta voz. ¿Cuál fue la idea sugeridora de este cuadro? Velázquez está retratando — una vez más entre tantas veces — a los monarcas. De pronto, como un torbellino de gracias rubias, penetra en la sala la infantina Margarita, el ojito derecho del artista, seguida de sus meninas, de sus enanos, de su perro moloso. Margarita se queda callada. Mira a sus padres, firmes y emparejados con menos solemnidad que nunca y con una intimidad de hogar sin pretensiones. Mira al lienzo, que se está pintando con familiaridad grata, alejado del engolamiento, de la reverencia ensayada. Como a media luz, como a media voz se está en la estancia grandota de caserón rancio. Tan encantador momento era bien digno de perduración, ajeno a la preceptiva, porque ya tuvo él buen cuidado de eximirse de la retórica. Y fue perdurado. Tal vez por voluntad de los reyes. Acaso por interés delicado del propio artista. Velázquez pinta a los monarcas, a quienes vemos porque se reflejan vagamente en el espejo. Por la puerta del fondo — de cuarterones, abierta — que da a una estancia mejor iluminada, se va un palatino, pero se ha detenido y mira hacia atrás. En primer término la infanta Margarita, entre sus meninas doña María Agustina Sarmiento y doña Isabel de Velasco. A la derecha, la enana Maribárbola, el mastín echado, mansote, que no parece dar importancia al puntapié que le atiza Nicolasillo Pertusato, un enanillo gracioso, ricamente vestido, que parece un juguete. A la izquierda, un gran lienzo del revés apoyado en el caballete. Y ante el lienzo, Velázquez, con el pincel en la mano derecha y la paleta en la izquierda, parece mirar a los reyes… que están precisamente donde estamos nosotros contemplando el cuadro.

Las meninas
Las meninas

Muerte de Velázquez

En 1659 fue un mal año para España. Se ajusta entre ella y Francia la llamada Paz de los Pirineos. El día 16 de octubre entró en Madrid el mariscal duque de Agramont, embajador extraordinario de Luis XIV. Llegó a pedir para el monarca francés la mano de la serenísima infanta doña María Teresa de Austria. Entonces Velázquez, como aposentador de Su Majestad, hubo de acompañar al embajador francés en sus visitas al Buen Retiro, al Pardo, a El Escorial, a las casas señoriales de Oñate, Haro, Lerma, Medina de las Torres, Gaviría… Cuando el francés se fue le dejó a Velázquez, como regalo, un reloj de oro con brillantes.
En 1660 en el mes de marzo, Velázquez, aposentador real, que debía preceder a los monarcas en sus viajes, preparándoles alojamiento, hubo de salir de Madrid con rumbo norte. Felipe IV se disponía a emprender jornada hacia Irún para entregar en la frontera francesa a su hija la infanta doña María Teresa, futura esposa de Luis XIV. Don Diego Velázquez, olvidado de sus pinceles, marchaba llevando a sus órdenes a José de Villarreal, ayudante de furriera y maestro mayor de las Reales Obras. El alojamiento real quedó preparado en Alcalá de Henares, Guadalajara, Valladolid, Burgos, Vitoria, San Sebastián y Fuenterrabía. El regreso se realizó el 8 de junio. A Madrid llegó Velázquez sintiéndose mal: mareos, palpitaciones tremendas, ardores de estómago. Hubo de guardar cama. El rey le mandó a su médico de cabecera. El viernes 6 de agosto de 1660 falleció Velázquez, luego de haber recibido devotamente los Santos Sacramentos. Fue enterrado en la Parroquia de San Juan Bautista.

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