alfonso X el sabio

Alfonso X de Castilla y León: El Sabio

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Alfonso X el Sabio fue rey de Castilla y León, su vida coincidió con el fortalecimiento del poder monárquico registrado durante el siglo XIII en toda la península Ibérica, que vivía un momento crítico de su larga lucha contra el islam. El triunfo sobre los almohades en las Navas de Tolosa, conseguido por una verdadera coalición de soberanos cristianos en 1212, apenas unos años antes de su nacimiento, será decisivo para el porvenir español. A partir de entonces, Fernando III y Jaime I realizarán un progresivo y definitivo avance. Época caracterizada por la transición y la intolerancia, es el marco en que nace Alfonso X, un rey Sabio para la paz y la indulgencia.

Datos de la vida de Alfonso X El Sabio

1221 Nace en Toledo.
1244 Boda con Violante, hija de Jaime I el Conquistador y Violante de Hungría.
1252 Coronación como rey de Castilla y León.
1257 Elección de Alfonso X para ocupar el trono del Sacro Imperio Romano
1282 Insurrección de su hijo Sancho. Guerra entre padre e hijo.
1284 Muere en Sevilla a los sesenta y dos años de edad.
El prolongado reinado de Alfonso X (1252-1284) puede ser considerado, en su aspecto gubernativo, como una triste sucesión de fracasos. Tanto en política interior como internacional, su actuación denota a veces una ausencia absoluta de estrategia, y otras una terquedad desbordada. Juzgado desde la posteridad, el esfuerzo del Rey Sabio parece haber o en cada fracaso político el estímulo para proseguir su fecunda labor cultural. Es a través de ella que su figura adquiere la envergadura que lo destacará de la mayoría de personajes medievales. Destinado a reinar en una sociedad dominada por la codicia y la intolerancia, su elevado espíritu no pudo menos que acabar hundido por ella. Pero mientras tanto, ya desde su época de infante y hasta poco tiempo antes de morir ese mismo espíritu fue construyendo el vasto y diverso conjunto de la obra que lo trascendería: esa «silva de varia lección» que constituye mejor legado del siglo XIII al saber español

El infante don Alfonso

Primogénito de Fernando III y Beatriz de Suabia, Alfonso X nació el 23 de noviembre de 1221 en Toledo, aunque sus primeros años los vivió alternando esta ciudad con Burgos. Niño aplicado, contemplativo, tenaz, parco y generoso, era a la vez extraño. Su amor por los versos, la música, los números y las estrellas lo distinguía de los demás, aun de los adultos, y, pese a su afabilidad, fue por fuerza un solitario. Contaba nueve años cuando la muerte de su abuelo Alfonso IX en Villanueva llevó a la abuela Berenguela a viajar a toda prisa al encuentro del hijo de ambos, Fernando, quien se encontraba proyectando el cerco de Córdoba. Sabía que, por rencor hacia ella, Alfonso dejaría por herederas a sus dos hijas del primer matrimonio con Teresa de Portugal, y trataba de conseguir el trono de León para Fernando. A las infantas se les asignó una renta anual, y Fernando III, con la fuerza que le otorgaba la unión de ambas coronas, pudo proseguir y ampliar sus conquistas.
Al cumplir doce años, el infante se traslada definitivamente a Toledo. Un jurista, Jácome Ruiz, un alfaquí, o doctor musulmán, maese Xossé, e Isaac ibn Sid, físico y astrónomo, serán los encargados de su formación, que se prolongará durante seis años. En 1235 moría su madre en Toro, dejando a don Fernando nueve hijos, siete varones y dos mujeres. Para el infante, sus hermanos serán un semillero de envidias, deslealtades e ingratitudes de los que él, hacia el final de su vida, sería blanco favorito. Aún no había transcurrido un año de la muerte de su nuera cuando doña Berenguela combinaba con la corte francesa la unión de su hijo viudo con Juana, hija del conde de Ponthieu, a la vez que trataba de casar al infante con Felipa, la hermana de aquélla. La boda de Fernando se realizó, pero la abuela vio fracasado su segundo intento con don Alfonso —ya había rechazado a Blanca de Navarra— cuando éste sólo contaba quince años. A los dieciocho, mientras su familia permanece en Burgos, él prefiere seguir en el alcázar rodeado de un claustro de profesores que crece en la misma proporción que lo hace su erudición. Toledo es su ciudad, y, como él, admite a todo el mundo. Su población es un hervidero de castellanos y leoneses, mozárabes y francos, judíos y cristianos que desde el alcázar hasta la plaza de Zocodover hablan en cinco lenguas. El romance se desprende del latín, se roza con el arábigo, arrincona al mozárabe y se impregna de galicismos en una confusión que advierte de la urgencia de un poder que ordene la vida, unifique el derecho y fije el idioma. En todo ello está pensando y trabajando el infante cuando su padre lo llama a combatir.
A las órdenes de Fernando III, Alfonso participó durante su juventud en una serie de conquistas en las que demostró un valor inusitado en una personalidad como la suya. Entre una y otra batalla lo espera en Toledo Mayor Guillén, que había sido dama de compañía de su madre. Fue al conquistar el reino de Murcia cuando Mayor le dio una hija, Beatriz, quien con los años será Beatriz de Castilla. (Alfonso X fue padre de otros tres hijos naturales: Alonso Fernández el Niño, con Dalanda, la hija de maese Xossé; Martín Alonso, futuro abad de Valladolid, y Urraca Pérez, de quienes se desconocen sus madres.) No obstante, por esa misma época, el Tratado de Almizra, mediante el que se delimitaron los territorios de conquista castellanos y aragoneses con Jaime I el Conquistador, lo compromete en matrimonio con Violante, hija del rey de Aragón. En 1252 Fernando III vería la muerte en Sevilla —ya conquistada— cuando se disponía a pasar a África.

Jaime I de Aragón El Conquistador
Jaime I de Aragón El Conquistador

Alfonso X el rey y el «fecho del Imperio»

Alfonso X se corona a sí mismo el 2 de junio de 1252 y comienza su reinado intentando proseguir la política reconquistadora de su padre. Serán más de treinta años de continuas batallas, en las que logra algunas plazas de Andalucía y llega a sofocar varias de las repetidas rebeliones mudéjares, pero también sufre distintas derrotas y recupera el reino de Murcia gracias a su suegro, que se lo entrega una vez reconquistado. Debe renunciar asimismo al Algarve en favor de Portugal y fracasa en sus aspiraciones al reino de Navarra. La sucesión ocupa sus últimos años. Intenta crear un reino de Jaén feudatario de Castilla para Alfonso de la Cerda, hijo de su primogénito fallecido, pero la oposición del infante Sancho desata la guerra civil entre padre e hijo. Las intrigas y conjuras familiares, de las cuales no escapa su esposa, lo obligan incluso a ordenar matar a su hermano Fadrique y al yerno de éste, Simón Ruiz.
Su política económica no fue mejor: alterar el valor de la moneda, recurrir luego a la tasa, revocar después el edicto y ordenar nuevos impuestos por la repercusión que supuso al erario fueron medidas que lo desprestigiaron. Otro tanto ocurrió con su renuncia al ducado de Gascuña en el príncipe Eduardo de Inglaterra y, en general, con la liberalidad que dispuso privilegios, exenciones de tributos y donaciones a abadías, monasterios y particulares. Todo ello fue creando desconfianzas que más tarde se trocarían en hostilidad. Dedicado a la vez a su obra, sólo admite consejos de los científicos. Tiene gran confianza en sí mismo, que aumenta cuando a fines de 1256 la embajada de Pisa le ofrece el trono del Sacro Imperio. Su condición de nieto de Felipe Staufen le permite acceder al mismo, y el 1 de abril de 1257 fue elegido emperador en Tréveris. Desde entonces el pleito imperial con sus otros competidores —Otón de Brandeburgo y Ricardo de Cornualles— se convertirá para él en una obsesión. El «fecho del Imperio» no goza del favor popular y las Cortes conceden a disgusto las ayudas de dinero necesarias. Los nobles lo utilizan como
pretexto para su actitud levantisca y cuenta, sobre todo, con la oposición manifiesta del pontificado. El rey no renuncia, sin embargo, y en su empeño comprometerá para siempre su política interior. Muerto Ricardo de Cornualles, será elegido Rodolfo de Habsburgo en 1273; pero Alfonso sigue firme en sus pretensiones hasta que se entrevista en Lyon con el papa Gregorio X, a quien promete por fin renunciar a sus aspiraciones a cambio de ayuda pecuniaria para la lucha contra los musulmanes. Fue un largo y terco sueño que vivió como su más triste fracaso, aunque no empañó sin embargo su magna obra literaria.

El Sabio

Alfonso X de Castilla y León
Alfonso X de Castilla y León
Feliz cultivador de la poesía gallega en sus años juveniles, su obra se enriqueció a través del tiempo, diversificándose en tres vertientes principales: las ciencias jurídicas, la historia y la astronomía. Desde los tres centros culturales de su reino —la escuela de traductores de Toledo, Sevilla y Murcia— impulsó y dirigió la labor de un verdadero consejo de investigaciones integrado por traductores, compiladores y autores que secundan con acierto sus directrices. Dada su orientación universalista, el conjunto de su obra adquiere caracteres generales de enciclopedia en tratados de toda índole, incluso de astrología y recreativos. Sería prolijo enumerar ese conjunto, destacable por entero. Es necesario no obstante apuntar su importancia y diversidad con sólo algunas de sus obras. Siendo aún infante, en 1251, mandó redactar Calila y Dimna, adaptación de una colección de cuentos y apólogos orientales. El Código de las Siete Partidas (1265), inspiradas en el derecho romano pero ajustadas a la tradición de Castilla —de hecho, fue una ampliación de su anterior Fuero Real de Castilla, de 1254—, que sustituyó a la pluralidad de jurisdicciones existente. Crónica general y General e grande estoria, historia nacional de España la primera, y universal la segunda. Libros del saber de astronomía, con sus Tablas alfonsíes basadas en el sistema de Tolomeo. Libro del astrolabio y Libro de ajedrez, dados y tablas. Lapidario, obra incompleta en la que se describen quinientas piedras preciosas, metales y otras sustancias y su relación astrológica (1276-1279). Obras poéticas de carácter religioso como las famosas Cantigas de Santa María, compuestas por 420 canciones, y de carácter profano, cantigas de amor y maldecir como Par Deus Senhor o Quem da guerra levou cabaleiros y cientos de otras composiciones que lo erigen en el primer cultivador de la lírica en lengua galaicoportuguesa, fundador de la prosa castellana, postrero enlace de la Europa medieval con la cultura árabe y el primero, también, en adoptar una visión moderna de la ciencia histórica.
En su corte reunía a poetas provenzales y peninsulares, a músicos y juglares, y la convirtió en el centro más importante de la poesía trovadoresca. Muchos de sus súbditos, dada la amplitud de sus conocimientos, esperaban ver en él un hombre serio, adusto y circunspecto; sin embargo era un ser sencillo y amable, según algunas crónicas. Y a juzgar por el lenguaje popular de sus cantigas de escarnio —a veces irónico y mordaz, otras paródico y hasta procaz—, podría inferirse que se divertía escribiéndolas, que incluso en ocasiones era alegre…
Triste y envejecido, el 4 de abril de 1284 moría el rey en Sevilla a los sesenta y dos años de edad. El Sabio seguiría cumpliendo siglos.

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