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Félix Lope de Vega

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Félix Lope de Vega fue poeta y comediógrafo español que junto a Cervantes, Quevedo y Calderón de la Barca forma parte de la pléyade de artistas literarios del Siglo de Oro español, nacida al amparo del esplendor imperial y la paulatina decadencia y furor inquisitorial de la corte de los Austrias, desde Felipe II hasta Felipe IV. Fue el más prolífico autor de comedias de su tiempo y en ellas refleja los valores tradicionales de la honra, el respeto al rey y la religiosidad católica de la Contrarreforma que acompañaron al destino del Imperio español en su etapa hegemónica.
Afirmó haber escrito entre mil quinientas y mil ochocientas comedias y cuatrocientos autos; pero sólo se conservan cuatrocientas ochenta y siete de las primeras y cuarenta de los segundos, además de poemas épicos como La Dragontea (1598), parodias clásico-renacentistas como La Gatomaquia (1634), églogas, elegías, su influyente Arte nuevo de hacer comedias (1609) y algunos de los sonetos más perfectos de la lírica castellana. Por este carácter prolífico fue llamado el Fénix de los Ingenios. Sus cuantiosas obras de teatro fueron la base de ese arte durante el Siglo de Oro y en ellas elaboró y fijó los usos dramáticos que prevalecieron en la tradición española hasta bien entrado el siglo xx.

Nacimiento y educación

Félix Lope de Vega y Carpió nació en Madrid el 25 de noviembre de 1562, hijo de un artesano encajero llamado Félix de Vega y de Francisca Fernández Flores. Un año antes sus padres, oriundos de Valladolid, habían llegado a la capital del reino decididos a abrir una tienda. Poco más se tiene por cierto sobre sus padres y sobre sus cuatro hermanos. Sus primeros biógrafos aseguran que había sido un niño precoz y que dominaba el oficio de su padre al tiempo que asimilaba con facilidad el latín. Lo cierto es que entre 1572 y 1573 estudió esta lengua y gramática con el poeta Vicente Espinel y que a los doce años ingresó en el colegio de los jesuítas, en el que permaneció hasta 1577, cuando el obispo de Ávila lo tomó bajo su protección y lo llevó a Alcalá de Henares, probablemente para que perfeccionara su formación en la Universidad Complutense. Pero su personalidad y sus dotes intelectuales y mundanas no llamaban únicamente la atención de los obispos y preceptores: a los quince años el avispado joven protagoniza su primera pero no única huida en brazos de una bella y anónima casada. Luego vagabundea con un amigo hasta llegar a Segovia, y allí, al intentar vender algunas monedas portuguesas y objetos mal habidos, son detenidos y devueltos a Madrid. De regreso se encontrará a su padre en el lecho de muerte, y sólo le quedará tiempo para despedirse definitivamente de él. Era 1578.
A partir de entonces, el joven incorpora a su apellido el de uno de sus criados, del Carpió, al que atribuía un origen noble. En los cinco años siguientes continúa sus erráticos estudios en la Universidad de Salamanca, visita en Sevilla a un pariente lejano, el inquisidor del Carpió, integra una expedición española contra las Azores, y a la edad de veintitrés años regresa de nuevo a Madrid.

Inicios como escritor

Desde entonces, puede afirmarse que vive de su trabajo, escribiendo a razón de cinco folios por día. Fue el más rico de los escritores de su tiempo, el más feliz y el más carnal: su azarosa vida es un rosario de turbulentos amores de encendido erotismo, torturadas y extrañas relaciones con protectores y mecenas, conversiones a una religiosidad tan angustiada y episódica como inconsistente, junto a la construcción estética de una dramaturgia innovadora en lo formal, pero sujeta en todo a la visión y a los valores generales de la España imperial de los Austrias, marcada por el dominio de la Inquisición y el espíritu de la Contrarreforma.

Amante, cortesano y fundador de familias

Hacia 1583 Lope había olvidado a la lejana belleza que lo arrancara del hogar paterno y se encontraba al servicio, como cortesano y secretario, del marqués de las Navas, con quien permanecería hasta 1587. Durante ese tiempo conoció a «Filis», la fatal Elena Osorio, hija de Jerónimo Velázquez, hombre de teatro, mujer algo mayor que el poeta. Primero la amó con reverencia y para estar a su altura retomó sus estudios de latín, italiano y francés; luego fueron apasionados amantes, aunque Elena Osorio lo obligaba a compartir sus favores con Francisco Perrenot de Granvelle, otro de sus galanes; después, pasada en
Lope la etapa de los celos y los reproches, éste decidió que incluso podía tomar dinero prestado de Granvelle a través de la propia Osorio. Finalmente, cuando la mujer lo abandona, Lope descarga sobre ella y su familia una campaña de libelos que culminaría con el arresto del poeta en el teatro del Corral de la Cruz. Durante el juicio, el encausado redobló sus acusaciones y llegó a falsificar una carta de la Osorio; sin embargo, al probársele el hecho, se le condenó a exilio fuera de los límites de Madrid por un período de ocho años.
Pero antes de que el juicio terminara, Lope había raptado a la adolescente Isabel de Urbina (en sus poemas «Belisa»), de dieciséis años, hija de un funcionario de Felipe II. Tras seducirla, se había visto obligado a casarse con ella, y luego, llevado por quién sabe qué impulso guerrero, se había enrolado en las huestes que partían con la Armada Invencible a conquistar Inglaterra. Descansó de las fatigas matrimoniales en el camino a Lisboa en brazos de una prostituta que, encantada con él, se negó a cobrarle, y al volver se instaló, como su esposa, en Valencia. Desde 1590 hasta 1595 fue secretario del duque de Alba, con quien residía en Toledo y en Alba de Tormes (donde escribiría la Arcadia, en estilo pastoril). En 1595 morirían Isabel de Urbina y sus dos hijas pequeñas. Lope no duda en vender todo lo que de ella había heredado, abandona el servicio de los Alba y ya libre de la condena de exilio llega a Madrid, donde se instala a compartir techo y cama con una viuda de vida fácil, llamada Antonia Trillo de Armenta.

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Sor Marcela, hija de Lope de Vega

A pesar de este concubinato, Lope es un cortesano activo: se pone a servir al marqués de Sarriá en 1598; está presente en las bodas del heredero de Felipe II, Felipe III, en 1599; viaja hasta Valencia para sostener amores con una mujer cuyo apellido se conoce (Pellicer) y de quien tendría un hijo llamado Fernando. Pero por entonces una presencia constante en su vida desde 1595 se vuelve obsesivamente apasionada: se trata de la bella Micaela de Luján, una actriz analfabeta («Camila Lucinda» en sus poemas) de quien tendrá una hija, Marcela, y un hijo, Lope Félix o Lopito. Alrededor de 1602, sus estancias con Micaela en el sur (Sevilla y probablemente Granada) alternan con su vida marital con la no tan bella pero sí pudiente Juana del Guardo, hija de campesinos ricos, quien le dará dos hijos, Carlos Félix y Feliciana.
No se sabe si Micaela precedió a Juana en la fundación de un hogar para Lope y sus hijos, lo cierto es que hacia 1605 el escritor mantiene dos casas en Toledo y divide sus atenciones entre la hermosa y la rica. Este estado de cosas se mantendría hasta 1612: doña Juana, cuya salud era precaria, muere de parto, la sigue su hijo predilecto, Félix, y en algún momento de 1613 debe haber muerto Micaela de Luján, puesto que Lope reunirá en su casa a todos sus hijos a partir de esa fecha.

Lope, débil, necesitado y pedigüeño

Anteriormente, en 1605, mientras sus comedias se estrenan a un ritmo pocas veces visto, Lope entra al servicio de quien será su confidente, protector y corresponsal hasta la muerte, el duque de Sessa, Luis Fernández de Córdoba. En el fabuloso epistolario descubierto en el siglo XX, Lope aparece como un ser débil, necesitado, pedigüeño. Era extraño que el dinero no le alcanzara, puesto que además de los sueldos del duque, y de su participación en las entradas de las comedias, autos, impresiones y dotes, tenía una pensión de la corona, en Galicia; una capellanía en Ávila; una casa propia en Madrid y donaciones y dádivas de señores. Sin embargo, en las cartas al duque se muestra como un pedigüeño: vestidos, alfombras, aguinaldos, algodones, adelantos. Al mismo tiempo, su fama era apabullante: al final de su vida, en su paseo diario, las gentes lo reconocían y lo seguían por la calle, le besaban la mano, le pedían su bendición. Su retrato era conocido en las tabernas, mansiones de ricos y casas humildes. En 1608, por su fama y prosperidad fueran pocos, es nombrado familiar del Santo Oficio y promotor fiscal de la Cámara Apostólica.

Crisis religiosa

Por esa razón, cuando acaecen las muertes de Juana, Micaela y su hijo, el escritor estaba preparado para hacerse cargo de los hijos y criarlos. No obstante, había cumplido cuarenta y ocho años y se enfrentaba cansado y sombrío a la proximidad de la vejez, la amenaza del declinar de sus facultades sexuales y el miedo a la muerte. Algunos biógrafos han visto en este continuo quejarse de Lope un cierto deleite en la pobreza imaginada o presentida. Pero a pesar de las quejas, vivió una vejez prolongada y próspera, jalonada, eso sí, de episodios sórdidos en su relación con el duque de Sessa.
De acuerdo con el tono de opresiva religiosidad de la época, Lope de Vega, según era costumbre en seglares y casados, había ido tomando órdenes menores e ingresando en congregaciones: en 1609 en la Cofradía de Esclavos del Santísimo Sacramento, como su contemporáneo Miguel de Cervantes; en 1610 en la del Oratorio de la calle del Olivar; en 1611 en una orden menor de los franciscanos. Publica entonces Forma breve de rezar (1610), y en 1614, tras meses de intensa conmoción, contrición y dolor por sus pecados carnales y literarios, se proclama arrepentido de su vida anterior y escribe Cuatro soliloquios; llanto y lágrimas que hizo arrodillado ante un crucifijo.

Lope de Vega se ordena sacerdote

La crisis llega a su punto álgido y Lope consulta al carmelita descalzo fray Martín de San Cirilo. Éste lo impulsa a tomar órdenes mayores, y rodeado de sus hijos, el 24 de mayo de 1614 dice su primera misa como sacerdote en el monasterio madrileño de la orden de fray Martín. Hasta 1616 Lope de Vega se las arregla para continuar al servicio del duque de Sessa mientras desempeña sus deberes sacerdotales. Pero presionado por sus confesores, quiere dejar al duque y éste, según todos los indicios, le tiende una trampa cuyo cebo es, para el sacerdote cincuentón, del todo irresistible: pone en su camino a una antigua amante, la cómica Lucía de Salcedo. Lope de Vega cae en sus brazos, seguido de cerca en sus andanzas por el de Sessa, quien tenía todas las características de un voyeur. De esta manera se acaba la carrera eclesiástica del prolífico y apasionado escritor. Pero ahora sabe que sus amores son sacrilegos y lo serán desde entonces, puesto que él ya está ordenado sacerdote.

Marta de Nevares, Amarilis

A las delicias ya conocidas de la carne se suman ahora las de la transgresión y la amenaza por condenación eterna: Marta de Nevares («Amarilis» en su poesía), de veintiséis años, casada, es su próxima meta.
La persigue sin descanso, mientras ella aparenta el más firme de los desdenes. El de Sessa favorece los encuentros, soborna a los amigos del marido, borra las huellas de los amantes. En 1617, Lope y Marta de Nevares tienen una hija, Antonia-Clara, y un año más tarde, en oscuras circunstancias, muere el marido de aquélla. Pero poca tranquilidad podía traer este hecho a la vida del escritor y menos aún a la viuda. Ciega desde 1618, la de Nevares se volverá loca en 1622 y morirá en 1632. No pudo leer la obra en la que Lope transformaba sus avatares amorosos y los de Elena Osorio en platónicos lances: la Galatea, una novela que muchos han considerado autobiográfica.
Desde 1617 Góngora, uno de los poetas más admirados por Lope de Vega, vivía en Madrid. A pesar de que su éxito era incomparablemente mayor que el de cualquiera de sus contemporáneos, el comediógrafo intentaría en vano ser recibido por el poeta cordobés y obtener su beneplácito; Góngora no cesaría de azuzarlo en satíricos sonetos, mientras los seguidores del teatro clásico redoblaban sus ataques contra el modo de concebir el teatro de Lope de Vega. Sin embargo, nada lograría oscurecer su fama. Sus hijos mayores, mientras tanto, lo habían abandonado: en 1623 su hija Marcela ingresaba en la orden de las trinitarias descalzas, Feliciana se casaría en 1632, Lopito moriría en el mar en 1633 o 1634, el mismo año en que la hija de Marta de Nevares sería raptada por un tal Tenorio, galán bajo la protección del rey Felipe IV, contra el cual el desesperado padre no pudo hacer nada.

Muerte de Lope de Vega

Lope de Vega murió arropado por la multitud el 27 de agosto de 1635. Junto a él se encontraba el extraño pero devoto duque de Sessa, una hija y algunos allegados. Fuera, el pueblo de Madrid se preparaba para la apoteosis fúnebre. El magnífico entierro y los suntuosos funerales fueron costeados por el de Sessa y en diversas parroquias de Madrid se celebraron misas y responsos durante nueve días. El día antes de morir, Lope de Vega, infatigable, había compuesto una silva de 246 versos (Al Siglo de Oro) y un soneto, considerado por algunos como premonitorio, ya que su último terceto reza: «Ciprés funesto tu laurel en rama / si bien ganaste en lo que más perdiste / pues cuando mueres tú, nace la fama».
Fijó la fórmula de la comedia española, con sus tres jornadas o actos (y no cinco como mandaba la tradición clásica). Con sus reglas de combinación de lo elevado y lo cómico y con algunos tipos que a él se deben, influyó en el teatro europeo de los siglos siguientes, desde Fletcher y Shirley hasta Corneille, Grillparzer y Victor Hugo. En fama oscureció a otros ilustres contemporáneos suyos, más profundos y conflictivos, como el incomparable Cervantes o Quevedo; pero esta tiranía de su popularidad y su enorme influencia, a veces esterilizante, en el teatro español posterior a él, no deben mermar la admiración ante su brillantez e ingenio, sus dotes poéticas y la fuerza de su proyecto estético.

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Entierro de Félix Lope de Vega
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