carlos III

Carlos III de España

Inicio » Biografías » Carlos III de España

Carlos III fue rey de España, máximo representante del despotismo ilustrado del siglo XVIII, Carlos III fue el prototipo de numerosos liberales españoles que vivirían en los dos siglos posteriores. Capacitado por casi tres décadas de reinado en las Dos Sicilias e inteligentemente secundado por un núcleo de eficaces y cultos ministros afines al emociclopedismo francés, bajo su gobierno España pudo experimentar un breve pero intenso resurgimiento, definitivo en muchos aspectos. Sometiéndolo a un profundo reformismo, sentó las bases para que el país, hasta entonces en franca decadencia, se preparase para el inmediato advenimiento del capitalismo.

Datos sobre la vida de Carlos III de España

1716 Nace Carlos III de Borbón y Farnesio en Madrid.
1731 Recibe el título de duque de Parma, Pías encía y Guastalla.
1738 Es investido como Carlos VII, rey de Nápoles. Boda por poderes con María Amalia de Sajonia.
1759 Es coronado rey de España, como Carlos III.
1760 Fallece su esposa, la reina Amalia.
1788 Muere en Madrid. Le sucede en el trono su hijo Carlos IV, príncipe de Asturias.

Durante su reinado España pudo mostrar por última vez, su poderío. No sólo por la vasta extensión de sus posesiones sino por el tono cultural y europeo que el monarca imprimió a sus iniciativas de renovación y, en general, a todos los actos de Estado. Las casi tres décadas de gobierno del rey Carlos III están consideradas por la mayoría de historiadores y estudiosos del siglo XVIII español como un paréntesis abierto en medio del proceso de decadencia de la monarquía; y buena prueba de ello fue el rápido declinar de tanta prosperidad en cuanto la muerte lo alejó del trono. A pesar de sus errores, fue el perfecto representante del déspota benévolo, y, como monarca ilustrado y preclaro, comparable a sus gloriosos contemporáneos Federico el Grande y José II. Como este último, también, fue sin duda un doctrinario que, influido por los enciclopedista franceses y sin un conocimiento profundo de la idiosincracia de su país, quiso implantar en varias ocasiones reformas, pero ajenas y difíciles de arraigar en las circunstancias españolas. Sin embargo, es preciso admitir que, en muchos sentidos, Carlos III fue el prototipo de numerosos liberales españoles que vivirían en los dos siglos posteriores.

El fruto de la ambición

Carlos III de España
Carlos III de España

Primogénito del matrimonio formado por Felipe V de Borbón, primer monarca de esta dinastía que ocupó el trono español, y de su segunda esposa, Isabel Farnesio, Carlos III nació el 20 de enero de 1716 en Madrid, en el antiguo alcázar de los Austrias. A pesar de los adjetivos «robusto» y «hermoso» con que la Gaceta madrileña anunció el suceso, frente a aquel nuevo vástago rubio y pálido, menudo y decididamente poco agraciado, nadie podía sospechar que brillaría con mayor fulgor que muchos de sus antepasados, contemporáneos y sucesores. Nadie excepto la reina pues consagró obsesivamente todos sus esfuerzos a lograrlo. Los hijos de primer matrimonio del rey con María Luisa Gabriela de Saboya, Luis, príncipe de Asturias, y los infantes Felipe y Fernando, ostentaban un indiscutible derecho de preferencia en la herencia de la corona de España; no obstante, el empeño de Isabel Farnesio sobre todo, y de otro lado el azar, iban a modificar el futuro previsto.
Mientras tanto, la infancia de Carlos III se desarrollaba sin rasgos notables. Tímido, callado y obediente; semioculto entre el protagonismo de sus hermanastros y de sus inmediatos hermanos menores, parecía aún más diminuto. El prematuro fallecimiento del infante Felipe, en 1719, no alteró los planes de la reina. Sabía que, siempre que viviesen, los dos hijastros que quedaban seguían siendo los legítimos sucesores al trono, y, de momento, nada hacía prever su muerte. Por tanto, inicio, a través de su ministro el conde Alberoni, una política revisionista del Tratado de Utrecht, por el que Felipe V había perdido todas sus posesiones italianas. Su objetivo era recuperarlas para ser gobernadas por sus hijos, y, dando por seguro la consecución, sometió a su primogénito al aprendizaje intensivo de los dialectos napolitano, lombardo y florentino, lo cual le significaba al pequeño una dedicación casi absoluta al estudio, ya que además recibía la enseñanza elemental en castellano y en francés, confiada al padre Laubrusel, venido de Francia a requerimiento de Isabel Farnesio. Depuesto ya Alberoni, fue el barón Ripperdá el que gestionó el Tratado de Viena firmado en 1725, que confirmaba la investidura de Carlos como duque de Parma y Plasencia. Pero Inglaterra, Francia, Holanda y Prusia se opusieron, firmando a su vez un nuevo tratado en Hannover. La reina vivió aquel año disgustada por la abdicación de Felipe V en favor de su hijastro Luis, quien reinó como Luis I durante un breve período de siete meses. A la muerte del joven soberano, que afectado de viruela dejaba de existir a los diecisiete años, abrigo nuevas esperanzas. Aunque Felipe V acusa a ya síntomas inequívocos de demencia, Isabel impidió que Fernando, el único hijastro vivo, sucediese al rey, y obligó a su esposo a retomar el trono: en realidad, la forma más hábil y menos comprometida de continuar ejerciendo ella el poder

La corte de los milagros

Con la ayuda del destino, su ambición y la inestimable colaboración de sus ministros Isabel Farnesio vería cumplirse como por milagro cada uno de sus sueños maternales. Fallecidos ya dos de sus hijastros, prácticamente aislado de la corte el restante, y ejerciendo un dominio absoluto sobre el desequilibrado Felipe V, puede colegirse que el segundo reinado del primer Borbón le dio entera libertad de acción para conseguir la realización de sus designios. A ella se debe, pues, que ese largo período esté caracterizado por una intensa política exterior, tratados, convenios y pactos familiares a veces detrimento de los verdaderos intereses del país, pero siempre a favor de sus propios y costosos intereses. Así, mediante el Tratado de Sevilla, firmado el 9 de noviembre de 1729 entre España, Francia e Inglaterra, quedo acordado que las fuerzas españolas ocuparan Plasencia, Parma y Toscana para asegurar la sucesión de Carlos, a cambio de ceder una vez más sin miramientos Gibraltar. Por fin, en junio de 1731, muerto el duque de Parma Antonio Farnesio, se firma una declaración por la cual se lo reconoce como sucesor; el 25 de julio la declaración es confirmada en Florencia por el emperador. El 20 de octubre Carlos III parte de Sevilla y a fines de año llega a Liorna, en donde el flamante duque de quince años es recibido con todos los honores.
Por iniciativa de Luis XV, el monarca francés y Felipe firmaban el 7 de noviembre de 1733 el primer Pacto de Familia; la reina no fue ajena al mismo. Se trataba de unir ambos ejércitos para expulsar a los alemanes de las Dos Sicilias y adjudicar el trono a Carlos. El joven duque se vio de pronto inmerso en una contienda urdida por su madre en la que todos parecían tener intereses: Francia quería para sí Lorena; los sardos, Lombardia, y España, la corona de Napóles. Nombrado ya generalísimo, parte en 1734 con el duque de Montemar y el conde de Clavijo, y el 10 de mayo entra en Napóles victorioso. Pronto bate al virrey Visconti en Bitonto, toma Gaeta y Capua. El 18 de mayo de 1736 el emperador, mediante el acuerdo de Paz de Viena, renuncia a todos sus derechos sobre Nápoles y Sicilia en favor de Carlos, a cambio de los derechos de Parma y Plasencia. El cambio no admitía dudas: bien lo valía aquel luminoso reino, que, a sus dieciocho años, lo atrapó por completo. Isabel no descansaría hasta recobrar los ducados para el infante Felipe. Carlos, convertido en Carlos VII de Nápoles, reinaría durante más de un cuarto de siglo.

Isabel de Farnesio
Isabel de Farnesio

En la primavera de 1738, Carlos contrajo enlace por poderes con la princesa María Amalia de Sajonia; pero la futura reina, pese a su evidente desarrollo físico, no había dado aún, a sus doce años, señales de pubertad, por lo que debieron esperar al año siguiente para consumar la unión. (El Archivo de Simancas guarda la numerosísima correspondencia de Carlos, en una de cuyas cartas relata a sus padres, con prolijidad y lujo de detalles, el primer contacto amoroso con su esposa.) Unidos ya, desde mediados de 1738, llegarían a concebir, durante las dos décadas que duró el matrimonio, trece hijos. Aunque sólo emparentados en cuarto grado, sin embargo, sólo siete sobrevivirían, y de éstos, los dos primeros varones acusaron una marcada disminución psíquica. El primogénito, con el tiempo duque de Calabria, reveló desde pequeño su poca mesura que volvía vana toda esperanza; adulto ya, se convirtió en un peligroso ninfómano que atentaba contra la virtud de cuanta mujer estuviera a su alcance. El segundo aunque de complexión robusta y saludable, padeció una falta de inteligencia poco común, y si de mayor fue adquiriendo algún criterio, comoquiera que su padre no lo dejó inmiscuirse en ningún asunto de gobierno, resultó un mediocre príncipe de Asturias. Casado a los catorce años con su prima María Luisa de Parma, ésta lo dominó desde el primer día. Más tarde, al suceder como Carlos IV a su progenitor en el trono español, su indolencia apresuró el ocaso de los Borbones. No obstante esa desgana alarmante, fue el más prolífico de todos ellos, pues llegó a tener veintidós hijos.
Mientras Carlos VII gobernaba el apacible reino napolitano, en Madrid se sucedían los cambios. En 1743 se firmaba el segundo Pacto de Familia con Francia, y la incursión en la guerra de Sucesión austríaca daba por último, mediante la Paz de Aquisgrán de 1748, la soberanía de los ducados a su hermano Felipe. El 9 de julio de 1746, tras el fallecimiento de su padre, lo sucede Fernando VI, pero la muerte de su mujer, Bárbara de Braganza precipita su propio deceso en Villaviciosa, el 10 de agosto de 1759. Mientras su madre asume la regencia, los reyes de Nápoles emprenden el viaje a España para hacerse cargo de gobierno. En Nápoles la corona recaía sobre Fernando IV, tercer hijo varón y primero en
sus cabales, bajo la tutela del ministro Tanucci, ya que el nuevo rey contaba ocho años de edad.
España esperaba el arribo de los nuevos monarcas con sentimientos encontrados. Si al fondear en el puerto barecelonés fueron recibidos con salvas lanzadas desde Montjuïc, en Madrid se los acogió con cierto recelo. Desconfiaban de un rey que, a sus cuarenta y tres años, había pasado veintiocho en el extranjero. La reina Amalia, por su parte, sufría por haber tenido que dejar su hermosa villa frente al Tirreno por «una tierra donde todo barbarismo, soberbia, desprecio aquello propio del buen gusto», según carta a su ministro Tanucci. El Madrid de esos días desvanecía toda posible comparación con las capitales europeas. Tampoco a la nueva reina le agradó su suegra, que, instalada de nuevo en palacio, estaba dispuesta a intervenir en las decisiones del reino. Isabel había adquirido la costumbre, a través de la locura de su esposo, de hacer del día noche y de la noche día, lo cual era, además, un fastidio para la corte. Todo tendría remedio. Carlos III si en algo difería de sus inmediatos antecesores —y sucesores— era en que jamás soportó influencias femeninas. Su madre fue apartada y su esposa murió al poco tiempo de instalarse
en Madrid, el 19 de septiembre del año siguiente, 1760
.
Carlos III estaba entonces en el apogeo de su vida. Poseía gran experiencia de los hombres y los asuntos de gobierno e iba a reinar aún veintinueve años. Nunca volvió a casarse y de sus dos amores confesados, la reina y la caza, dedico su viudez al que le quedaba.

María Amalia Sajonia
María Amalia Sajonia

Sólo hacia el fin de su vida se quebranto su salud, ya que fue un hombre sano, que pasaba la mayor parte del tiempo al aire libre. Persuasivo antes que autoritario, inspiraba temor a sus ministros, pese a despertar admración por el dominio de sí y por la gentileza que demostraba. Su prolongada estancia napolitana le había dotado de un gran sentido del humor y una perspicacia muy Italia. En España fue, con la posible excepción de su descendiente Alfonso XIII, el más cosmopolita de los Borbones. Pero de su país sabía poco, y lo iban a demostrar los acontecimientos. Tuvo mano dura, sin embargo. Primero con sus ministros italianos, Grimaldi y Esquilache; más tarde, secundado por Floridablanca y el conde de Aranda, llevó una política interior y exterior activa y radical. Reprimió los amotinamientos y expulsó a los jesuitas cuando se opusieron a su decisión de convertir a la Iglesia en un mero departamento de Estado. Contrarrestó asimismo la despoblación rural, reformó y unificó la moneda, fundó hospitales, asilos y casas de caridad por todo el país, cajas de ahorros e instituciones benéficas. Impulsó la industria y, contrario a las ideas neutralistas de su antecesor, reconstruyó e incrementó el ejército y la marina, interviniendo en cuanta contienda se librara en el extranjero que tuviese algún interés para España. Pero jamás vertió —como lo había hecho su padre por instigación de Isabel Farnesio— sangre española para fines dinásticos.
Uno de sus primeros actos fue tomar parte en la guerra de los Siete Años como aliado de Luis X. Éste fue un error, pues Inglaterra, gobernada por Pitt, no era ni mucho menos un contrincante fácil, y España se vio inmersa en sucesivos desastres, tanto en América como en Filipinas, debiendo ceder al final, por el Tratado de París de 1763, Florida a los ingleses. Asimismo, su reorganización administrativa de la América hispana debilitó los lazos que la unían a la península y, como consecuencia del aumento del número de virreinatos, las poblaciones comenzaron a actuar unitariamente por su independencia. Si bien Carlos III murió antes de que estallara la tormenta, él fue quien sembró el germen de los movimientos de liberación. También se le ha criticado la no recuperación de Gibraltar. Es posible que en 1783 tuviera la ocasión de obtener su devolución, pero para ello habría tenido que ceder en cambio importantes colonias en América. Si algo puede criticársele, fue el haber dado demasiada supremacía a la corona, que, al acaparar todos los poderes, se convirtió, por consiguiente, en la responsable también de todos los fracasos. Carlos III murió el 14 de diciembre de 1788, afectado hondamente por el fallecimiento, ocurrido dos semanas antes, de su hijo predilecto, el infante Gabriel. Su sucesor, su hijo Carlos IV, llevaría el trono de España a la ruina.

¿Te ha sido útil este artículo?
1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (2 votos, 3,00 de 5)