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Guerra de Granada

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Desde el siglo XIV, la reconquista había marcado una pausa; las crisis económicas, sociales y políticas que conocieron entonces los reinos cristianos les impidieron dedicarse a la empresa secular de la lucha contra los musulmanes. En torno a Granada subsistió así el reino de los nazaríes, que pagaba tributo a los reyes de Castilla.
Los primeros en reanudar las hostilidades fueron los musulmanes, que a finales de 1481, ocupan por sorpresa la ciudad fronteriza de Zahara; la nobleza andaluza reacciona y, el 28 de febrero de 1482, se apodera de Alhama. Los Reyes Católicos deciden entonces intervenir enérgicamente y defender Alhama, transformando así lo que hubiera podido ser una de tantas escaramuzas locales en el primer acto de una guerra larga que se acabaría, diez años más tarde, conocida como la Guerra de Granada con la desaparición del poder musulmán en la Península.

Toma de Granada por los Reyes Católicos

En 1481-1483, los cristianos intentaron vanamente apoderarse de Loja y ocupar Málaga, pero en cambio capturaron a Boab-dil, hijo y rival del sultán Abul Hasan Ali —el Muley Hacén de las crónicas de la época—. Astutamente, los soberanos pusieron en libertad a Boabdil, el cual se declaró su vasallo. Éste se proclamó rey en Granada en lugar de su hermano Muley Hacén, que murió poco tiempo después. Mientras tanto, los Reyes Católicos ponían el cerco ante Ronda, que se rindió en mayo de 1485. En mayo de 1487 empezó el cerco de Málaga, que se acabó el 18 de agosto por una rendición incondicional. En lo pactado con Boabdil se había dispuesto que, cuando los cristianos tomasen Baza, Guadix y Almena, el rey musulmán les entregaría dentro de corto plazo la capital. Pero Boabdil se negó a cumplir el acuerdo. Los Reyes Católicos se dispusieron, pues, a reanudar las hostilidades. Tropas numerosas fueron reunidas bajo el mando personal de Fernando; Isabel y la corte llegaron al campamento; se construyó una ciudad militar, Santa Fe, como centro. Boabdil no tuvo más remedio que negociar. La capitulación fue firmada el 25 de noviembre de 1491; pocas semanas después, el 2 de enero de 1492, los reyes entraban solemnemente en la capital.

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Reino de Granada

Proceso de conversión de los musulmanes después de la Guerra de Granada

Del reino recién ganado se encargaron dos personas que tenían la confianza de los reyes: don Íñigo López de Mendoza, conde de Tendilla, como alcalde y capitán general, y fray Hernando de Talavera, como arzobispo. La capitulación garantizaba a los musulmanes de Granada la libertad del culto, el uso de su lengua y trajes, la práctica de sus costumbres; se les había prometido también que serían juzgados conforme a sus propias leyes. Talavera, confesor de la reina y nuevo arzobispo de Granada, emprendió la tarea de convertir a los musulmanes, y lo hizo con medios pacíficos y eminentemente apostólicos: evangelización, difusión de catecismos redactados en lengua arábiga, de traducciones de los evangelios, predicaciones etc. Tales métodos daban resultados alentadores, pero lentos. Con motivo de un viaje de los Reyes Católicos a Granada, Cisneros, que era entonces arzobispo de Toledo y había sucedido a Talavera como confesor de Isabel, visitó la ciudad en 1499 y se quedó algún tiempo en ella. Él era partidario de procedimientos mucho más enérgicos y eficaces para lograr las conversiones. Efectivamente, durante su estancia, las conversiones fueron mucho más numerosas, pero los métodos empleados provocaron malestar y protestas en la población mora. El Albaicín se amotinó y además se produjo una rebelión en la Alpujarra. Consecuencia de aquellos acontecimientos fue la pragmática de 11 de febrero de 1502; los reyes consideraron qué, al rebelarse, los musulmanes del antiguo reino de Granada habían violado lo pactado en 1491; se les obligó, pues, a convertirse o a salir de España; la mayoría prefirió la primera solución. Los recién convertidos, conocidos de ahí en adelante como moriscos, no dejarán de plantear serios problemas en el siglo XVI hasta su expulsión definitiva, llevada a cabo a principios del XVII.

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