Papa Alejandro VI

Alejandro VI

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Alejandro VI fue un Papa romano que ocupó el sitial de San Pedro en el período 1492-1521 y que destacaría como una de las figuras más significadas del Renacimiento. Abandonando el modelo de vida evangélico, los pontífices renacentistas se mostraron más preocupados de su proyección política y de la grandeza señorial, al tiempo que se convertían en mecería de las artes y del renacer de las culturas clásicas. A pesar de la amenaza de la invasión turca y la creciente irritación por los abusos financieros del pontificado que practicó un nepotismo sin tapujos, la Iglesia no hizo nada para remediar los desórdenes. La Reforma de Lutero y CaIvino fue inevitable.
En 1492 sucedió en el trono papal a Inocencio VII (Bautista Cibo), quien, siguiendo la tónica de los papas de la época, llevó una vida licenciosa y siguió la corriente de mundanización de la curia y de la Iglesia. Su mayor escándalo fue el favoritismo que ejerció con dos de sus hijos naturales, sobre todo Franceschetto, al que casó solemnemente con una hija de Lorenzo de Médicis, uno de cuyos hijos fue elevado al cardenalato con sólo trece años de edad. Alejandro VI no hizo sino seguir sus pasos.

La familia Borja

Rodrigo Borja, o Borgia, según la forma italiana que adquirió el nombre, nació el 4 de enero de 1431, en la ciudad de San Felipe de Játiva, Valencia. Sus padres, Jofre de Borja e Isabel de Borja, hermana de papa Calixto III, pertenecían a la noble familia del mismo nombre, originaria de Aragón y que establecida en Játiva adquirió gran importancia en la vida política de Italia y de la iglesia. Dos de sus miembros fueron papas; sus apellidos aparecen frecuentemente ligados a cardenales de la época; en el árbol genealógico familiar figura también un santo, Francisco de Borja Aragón, que fue general de los jesuítas. En torno a la familia existe una leyenda negra motivo de abundante bibliografía, que las más de las veces responde al afán descalificatorio de sus enemigos. Según éstos, los Borgia fueron una familia demoníaca de ambiciosos asesinos —se refieren al uso del arsénico como método para eliminar a quienes les obstaculizaran— e incestuosos —relaciones de Lucrecia con sus hermanos y aun con su padre Alejandro VI—, monstruos de astucia y crueldad. Pero una línea de apologistas considera a Alejandro VI como uno de los papas más brillantes del Renacimiento: hombre elegante y culto cuya sabiduría mereció el rimbombante sobrenombre de «el eminentísimo y sapientísimo jurisconsulto», quien unía a su talento una sagacidad y destreza sin iguales en el manejo de los negocios y los asuntos de la defensa de la Iglesia y su ortodoxia. Pero, en definitiva, los Borgia fueron simplemente una muestra más de las facciones de la Roma del Renacimiento, probablemente ni mejores ni peores que otras familias de la época que les disputaron el poder en guerra a muerte. Sólo que al ser vencidos fueron blanco de la pluma acerosa y vengativa.
Rodrigo Borgia fue sin duda el miembro más destacado de la familia. Sus tres hijos reconocidos originaron las tres líneas principales de la saga: la línea de los duques de Gandía, iniciada por Pedro Luis de Borgia y continuada por su hermano Juan; la línea de los duques de Valentinois, fundada por César Borgia, y la línea de los príncipes de Squilace, con el apellido Borja de Aragón, que, por razones de matrimonio, se refundió en otras ramas.

Carrera eclesiástica

Papa Alejandro VI
Papa Alejandro VI

A muy temprana edad fue encaminado hacia la carrera eclesiástica. Antes de cumplir los dieciséis años ya le habían otorgado el beneficio de Játiva y unas canonjías en Segorbe y Valencia. A los diecinueve, aquel joven de complexión robusta, oratoria brillante y porte seductor, prosiguió estudios superiores en Italia, hasta conseguir el doctorado en derecho por la Universidad de Bolonia, en 1456, año en que su tío ascendió al trono papal y, el 18 de septiembre, lo nombró cardenal diácono de San Nicolás «in Carcere Tulliano», vicecanciller de la Iglesia romana, gobernador del ducado de Espoleto, legado de la Marca de Ancona y obispo de Valencia en 1458.
A partir de ese momento, su influencia en la curia y en los círculos del poder fue creciendo. El joven cardenal llevaba una vida de príncipe de la época, celebrando frecuentes bacanales en el mismísimo Vaticano, sin que le hicieran cambiar siquiera las frecuentes amonestaciones de Pío II, sucesor de Calixto III. Llegó a ser titular o administrador de las mitras de Gerona, Valencia, Cartagena, Albano, Porto y Mallorca, entre otras. Probablemente fue ordenado sacerdote el año 1459, tras hacer acto de contricción ante Pío II. Durante su etapa de vicecanciller, cargo que conservó bajo Pío II, Pablo II, Sixto IV e Inocencio VIII, es decir, de 1456 a 1492 —siendo, además, obispo de Barcelona desde el 7 de abril de 1473 hasta principios de 1479—, fue el legado pontificio de los principales asuntos que afectaban al papado. Se le encomendaron o abordó por propia iniciativa distintas misiones diplomáticas. Una de las primeras y más importantes, cerca de los reyes de Cataluña-Aragón y de Castilla (1456-1457), con el propósito de conseguir fondos y soldados para una cruzada contra los turcos. Aunque no consiguió sus propósitos, no perdió el tiempo: aprovechó la estancia para legalizar el matrimonio de Fernando II y de Isabel de Castilla, a quienes en 1496 otorgó el sobrenombre de Reyes Católicos.

Alejandro VI es elegido papa

A la muerte de Inocencio VIII, Alejandro Borgia ya se había abierto paso hasta el trono papal a fuerza de sobornos. El cónclave del 9 de agosto de 1492 lo eligió papa. En aquel momento, aunque sólo reconoció a tres hijos, le eran atribuidos no menos de diez: Pedro Luis, Jerónima e Isabel, de madre desconocida (algunos historiadores hablan de una tal Rosa Benezza) Juan, César, Lucrecia y Jofre, tenidos de la dama romana Vannozza Cattanei, y, posiblemente, Laura, de sus relaciones con Julia Farnesio. Siendo ya sumo pontífice, en 1498 fue padre de otro Juan, llamado el «niño romano», y de Rodrigo (hacia 1502), de madres también anónimas.
Alejandro VI, como la mayoría de los papas de la época, desarrolló una política en la que se entremezclaban las ambiciones familiares y los intereses temporales del Vaticano como potencia italiana. La larga residencia de los papas en Aviñón y el empeño de los romanos en querer recobrar su libertad municipal, habían puesto a la Santa Sede en una situación crítica. Además, muchos príncipes, a los que Alejandro consideró usurpadores, se habían apoderado de varios dominios que intentó recuperar en pugna sin cuartel contra ellos: el príncipe de Este en Ferrara, los Bentivoglios en Bolonia, los Malatestas en Rimini, etc.

Favores del papa a su familia

Hasta el año 1498 se opuso a las pretensiones de Carlos VIII de Francia al reino de Nápoles, buscando apoyo en las dinastías de Cataluña-Aragón, mediante el casamiento de sus hijos Jofre, Juan y Lucrecia con miembros de las mismas. Sin embargo, en 1499 se inclinó a favor de los franceses y casó a su hijo César con Catalina de Albret, hermana del rey de Navarra, para contrarrestar el peligro de una hegemonía hispánica en Italia. Tras haber sido favorecido descaradamente por su padre, César era, a los dieciséis años, obispo de Pamplona (1491) por influencia del entonces cardenal Borgia; antes de cumplir los veinte, arzobispo de Valencia y cardenal. Después de la muerte de su hermano Juan, duque de Gandía, en circunstancias muy sospechosas que le implicaban en el crimen, abandonó en 1498 su estado sacerdotal (por entonces su cuerpo estaba ya deformado por la sífilis) y se erigió en heredero de los proyectos políticos que Alejandro VI tenía previstos para su hijo Juan.

Excomunión de Savonarola

Fue entonces cuando surgió la contundente y enardecida voz del dominico Jerónimo Savonarola, del convento de San Marcos de Florencia. Con su fogosa predicación y su ascetismo seductor, obtuvo tal ascendiente que en la práctica llegó a ser el director político de la república. Cuando en 1494 Carlos VIII apareció en Italia para afirmar sus pretensiones sobre Milán y Nápoles, Savonarola lo saludó como un salvador. Pero a su llegada a Roma, el papa logró convertir al rey francés en su más sumiso y obediente siervo. A esto siguió la rebeldía y consiguiente excomunión de Savonarola en 1497. Aun así, persistió en sus denuncias, hasta que, condenado como «hereje y despreciador de la Santa Sede», fue arrojado a la hoguera por el propio pueblo que lo había aclamado.

Principales actos diplomáticos

De entre los actos diplomáticos de Alejandro VI sobresale la bula Inter Caetera (1493), que sancionó la partición de las tierras del Nuevo Mundo entre España y Portugal. Renovó la bula In Coena Domini (1493), contra los herejes; favoreció la implantación de la Inquisición en Castilla y Cataluña-Aragón, y restableció la censura de los libros en Alemania. Por otra parte, acogió en Roma a los judíos expulsados de España.
Alejandro VI fue un mecenas destacado. Su nombre está vinculado a la erección de la sede de Valencia como arzobispado (1492) y a la fundación del Estudio General de esta ciudad en 1500. Restauró el castillo de Sant Angelo; construyó un nuevo edificio para la Universidad de Roma y el palacio de la vicecancillería; hizo pintar por Pinturicchio algunas salas del Vaticano, y para el papa Borgia esculpió Miguel Ángel la famosa Pietá. Murió el 18 de agosto de 1503.

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